miércoles, 15 de octubre de 2014

El valor de la fotografía como fuente histórica




Existe una limitación básica para todo tipo de investigación teórica, y resulta especialmente característica del estudio histórico. Hablo de nuestra imposibilidad para obtener conocimiento directo.

Como ya he explicado, una de las especificidades de la historia es nuestra incapacidad por tener contacto con el objeto de estudio, que se refiere a los eventos pasados. Es entonces una singularidad que nos cierra y abre caminos, la primera porque estamos limitados a la hora de comprobar lo que las fuentes nos dicen; la segunda porque tal y como las nos ofrecen información determinada, a la vez, llenan de posibilidades para una explicación de lo estudiado.

Nosotros no podemos entrar en la mente detrás de aquellos vestigios que analizamos y mucho menos tenemos la capacidad de observar un evento histórico pasado con ojos propios, ni siquiera aspirar a sentir lo mismo que quienes lo vivieron. Nuestra lejanía con la historia que estudiamos está condicionada por el material que podemos obtener de ella.  Son muchos los medios que nos presentan una imagen con la característica de ser, aparentemente, mucho más informativa que una explicación escrita. Un ejemplo es la fotografía.

Cabe decir que, en el caso de la investigación formal, las imágenes no dicen más que mil palabras. Al menos desde mi punto de vista dicha afirmación sería demasiado ilusoria.

Todo historiador está limitado independientemente de que posea muy buenas fotografías como referencia. Una imagen -a pesar de haber sido tomada en el punto oportuno o que pueda ofrecernos información valiosa-, no nos otorgará los datos específicos detrás de ella. Especialmente cuando se trata de un caso en el que la fotografía es nuestra única fuente, entonces la investigación estaría reducida.

Es importante definir que existe siempre una posición personal cuando se recupera una imagen, uno no puede ser 100% indiferente de lo que se captura de primera mano, y hay una gran diferencia entre aquello que se vive y lo que sólo se observa en una fotografía. El papel del fotógrafo es, indistintamente de lo que he afirmado antes, determinante para obtener un grado muy especial de profundidad en la información.

¿A qué me refiero con esta contradicción?  Ciertamente una imagen nunca nos proporcionará todos los datos necesarios para hacer el análisis completo de un evento histórico. Sin embargo el que nos dé un elemento visual siempre apoya a la investigación, especialmente cuando se trata de una imagen con las características adecuada para que uno afirme que, ésta, logra capturar el momento idóneo, el sentimiento representativo de lo que se estudia, o la verdadera esencia de un instante crucial. Esto y más es lo que se puede recuperar de una fotografía. Tal vez no tiene un valor estadístico ni definitivo, y en muchas ocasiones su calidad es de carácter ambiguo, pero el hacer la distinción entre lo que se vive y lo que se aprecia en la fotografía es de suma importancia por la misma cuestión de su validez informativa. Sobre la fragmentada realidad que captura y la realidad espacio-temporal que no podemos observar.

¿Cómo se puede asegurar que es igual el estudiar una imagen histórica al hecho de vivir un evento histórico? Sobre todo si dicha imagen tiene la cualidad de crear las sensaciones descritas en el espectador. ¿No es, por lo tanto, adecuado decir que aquel que capturó la imagen pudo vivir el instante con mucha más potencia y calidad informativa que nosotros? Quizá, incluso, con menos conocimiento del tema que el obtenido por un historiador al leer sobre éste; pero definitivamente el fotógrafo se encuentra en una posición clave.

Una posición clave que los investigadores teóricos sólo pueden anhelar.

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