Conforme me iba a acercando me di cuenta de que el mercado estaba
lleno de gente, era grande y bastante ruidoso. Al menos lo suficientemente
grande para imaginar adentro dos o tres casas de doble piso. Así como lo
suficientemente ruidoso para escuchar a lo lejos las voces indefinidas de sus
clientes y trabajadores. Cuando me
encontré con la persona que me acompañaría en la actividad su primer comentario
del sitio fue que servía también como punto de referencia. Creo que es una
opinión acertada ya que entre la infinidad de negocios del centro, de los
cuales muchos se repiten en tipo de productos y temáticas, el mercado no es
sólo uno de los más singulares sino también de los más históricos. Se encuentra
rodeado por calles y más allá de ellas por locales de venta, exceptuando el
lado que es continuo a un andén en el que la gente se detiene a ofrecer sus
servicios o sólo para sentarse a descansar.
Respecto a los alrededores debo decir que incluso en ellos
el característico olor a carne cruda del mercado es distinguible. Entre las
cosas que observé primero fueron los puestos de carnicería en los que hombres
trabajaban cortando miembros de animales y trozos de carne más pequeños,
completamente adentrados en su labor.
En el muro del lado sur tiene una placa que hace alusión a
la fundación de Hermosillo por el capitán Agustín de Vildosola. Las fechas que
mencionan son 1742 y 1942.
Sobre la gente lo primero que llamó mi atención fue que
muchos señores utilizaban sombreros cheros,
y la mayoría de las personas, hombres y mujeres, lucían de más de cincuenta
años. Había pocos jóvenes en todo el mercado.
Cuando recién entramos por el lado este vimos a uno de los
de sombrero tocando la guitarra mientras cantaba una canción de Rocío Durcal.
Los puestos más numerosos eran de comida y casi todos estaban llenos de gente
que desayunaba. Había dos cafeterías a los lados y una de ellas tenía en venta pan
dulce seguramente de producción local, ambas contaban con refrigeradores de Coca-Cola
como la mayoría de los locales en las entradas.
En medio del mercado también había puestos de comida
mexicana y regional, además de sitios donde vendían frutas y verduras en mucho
mejor estado que en algunas cadenas de supermercados en la ciudad. Hubo sólo un
puesto de tacos de carnitas de cerdo vacío; no había gente además de los
trabajadores.
Vi un negocio de mariscos protegido por tiras de plástico
grueso que lo resguardaban del calor externo. Aparte funcionaban para
concentrar ahí el aroma y que no se esparciera en el resto del lugar. Esto me
pareció especialmente interesante ya que fue lo primero que noté del puesto
incluso antes de los hules; a pesar de que todo el interior del mercado tenía
una fuerte mezcla de olores no había entre ellos ninguno de mariscos.
Esta era de las características que se me figuraron más
distintivas del edificio: el aroma. Uno de los motivos podría ser la
ventilación ya que en la parte alta sólo había algunas rejillas para dejar
pasar el aire, además unos abanicos rodeaban la parte alta de los puestos en el
centro y todas las puertas estaban abiertas. Sin embargo, me quedó claro que no
era suficiente para despejar los aromas de comida. Por otra parte no sentí que
fuera un lugar sofocado ni caluroso, tal como me habían dicho que sería, aunque
también pudo tener que ver con el hecho de que fui en la mañana,
aproximadamente a las nueve. Quizá si
hubiera realizado la observación en la
tarde el clima habría sido menos confortable.
Entre otras cosas algo que también me sorprendió fue la gran
cantidad de tiendas con productos típicos mexicanos y artículos sonorenses. Abundaban
recuerditos de Hermosillo, triques nacionales y comida como la machaca, las obleas
rellenas, el queso regional; también alimentos básicos como las frutas,
verduras, legumbres, granos y, por supuesto, las olorosas carnes crudas (desde
cortes magros hasta patas de cerdo y pancita).
Además de lo mencionado observé más puestos de comida que
preparaban ahí, corrida y de desayunos. Había tacos en abundancia y variedad;
de cabeza, de barbacoa, de chicharrón, de otras cosas que nunca he probado como
los sesos, etc. Había preparaciones como huevos al gusto, molletes,
quesadillas, caldos, etc. También estaban las famosas malteadas, de las que
tanto me habían hablado los amigos de la carrera, y hasta venta de tamales ya
preparados y para hacer. Al respecto me pareció especialmente destacable lo
baratos que eran los productos; algunos conocidos habían tenido que comprar
masa para elaborar y vender y tuvieron que pagar el doble de lo que costaba en
el mercado.
A decir verdad, casi todos los productos que observé tenían
precios, a mi punto de vista, bastante accesibles. Y más sorprendente aún fue
que nada ahí lucía de mala calidad; al
contrario, mientras escribo sigo considerando lo conveniente que sería cambiar el
lugar donde compramos las verduras.