Antes de leer el prólogo de Los hijos de Sánchez, nunca me había planteado la existencia de un término como “cultura de la pobreza”, acuñado por su autor Oscar Lewis. Claramente sabía que había una enorme diferencia entre las familias pobres y ricas; una diferencia que radica en tantos ámbitos que sólo podían englobarse en la idea de que las clases sociales tenían rasgos en común con quienes ganaban un sueldo más o menos equivalente. Esto a su vez los diferencia de aquellos con mejores ingresos. Pero, como el aceptar que hay gente privilegiada por su color de piel o por su género y sexualidad, el darse cuenta de que vivir en la pobreza implica tener toda una cultura particular es algo que no parece tan fácil. Una cultura de la pobreza no es tan evidente. Tampoco es igual de sencillo aceptar que existe como lo es aceptar que nuestro país tiene su propia cultura y naciones extranjeras tienen otra.
El concepto de cultura es tan amplio que perfectamente puede
incluir la forma de vida, los valores y las ideas de un sector poblacional, en
este caso el que el autor considera de los pobres. Sin embargo, el problema de
toda cultura es conocer dónde está la línea divisora entre ella y la ajena. La
idea de aceptar que hay una cultura y otra implica decir que se diferencian por
el número suficiente de características para asegurar que son grupos sustancialmente
diferentes. Decir que los pobres, los de clase media y los ricos no son iguales
tal vez no parezca una realidad agradable, pero, según la postura que comparto
con el autor, no deja de ser una realidad.
Cierto es que todos somos personas. Sin embargo es casi tan
clara la disparidad entre la cultura de un rico y un pobre como la de un italiano
y un mexicano. No se dejan de tener los mismos sentimientos pero las
preocupaciones y las expresiones suelen ser bastante propias.
He de rescatar en esto el asunto de que el estudio de la
sociedad siempre estará enriquecido por la variedad de matices. Tal como se
muestra en la investigación de Lewis, no porque la familia Sánchez haya crecido
en un ambiente y una cultura semejantes todos los miembros tenían una
mentalidad en común. Cada persona es un mundo y su situación de vida nunca será
igual a la de otra. Puede que compartieran algunos rasgos de lo que el autor
clasificó como cultura de la pobreza, pero es imposible tratar de esquematizar a
un ser humano para que encaje perfectamente en un modelo.
Aun con lo necesario que es resaltar este principio de
individualidad en toda cultura, las consideraciones del final del prólogo
encierran gran parte del propósito de su autor. Este propósito responde a la
idea de que la cultura de la pobreza conlleva una problemática generalizada en
nuestro país y debemos actuar para resolverla. El original y complicado estudio
de Oscar Lewis fue hecho para esta labor. Pero, como siempre sucede, si se
quiere lograr una mejora es necesario reconocer primero la existencia del
problema. Y el problema es precisamente lo acertado de utilizar el término de
cultura de la pobreza para caracterizar una gran parte de las familias en
México.
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